Profundo
conocedor del Norte
Grande, desde su
nacimiento en Iquique
con sus ancestros
en el oasis de Pica;
académico
de la Universidad
Católica
del Norte, en Antofagasta;
pionero de la arqueología
chilena y promotor
de dicha carrera
en la Universidad
de Chile, donde
se formó
como profesor de
historia y geografía;
colaborador del
padre Le Paige,
quien creara el
Museo de San Pedro
de Atacama; doctorado
en Tokio; maestro
y líder de
las nuevas generaciones
de arqueólogos,
a sus 70 años
Lautaro Núñez
derrocha energía
y vitalidad. Emprende
proyectos, sale
a terreno, excava
los sitios codo
a codo con los jóvenes,
adopta métodos
y tecnologías
de vanguardia, aprende
de la gente de los
pueblos, comparte
con ellos sus conocimientos,
realiza publicaciones
tanto para las comunidades
andinas como para
las principales
revistas científicas
del mundo y defiende
la importancia de
la educación
de postgrado en
aquellas regiones
donde su potencial
es favorable, y
es partidario de
que las regiones
tomen las riendas
de su patrimonio
para lograr salvar
y proyectar nuestro
legado cultural.
Por Rosario Mena

Lautaro
Núñez,
durante un viaje
al interior
de Iquique,
organizado por
la Corporación
Patrimonio Cultural
de Chile, el
año 2000.
|
Lautaro Núñez
nació un 24
de enero de 1938 en
Iquique, pero proviene
del oasis de Pica,
en la misma región
donde se desarrolló
toda su familia desde
el siglo XVII hasta
la fecha. Hijo de
un trabajador ilustrado,
“tan anarquista
que fue despedido
del partido anarquista”
y de una madre descendiente
de remeseros argentinos
que pasó toda
su vida en las salitreras
de Iquique, desde
su niñez sintió
el llamado a descubrir
y comprender la historia
de su propia tierra,
cuyos testimonios
formaban parte de
su vida cotidiana.
“Esos tiempos
están vinculados
a conceptos como identidad
y pertenencia, y a
una serie de ideas
que te relacionan
con tu medio. Yo soy
sujeto y objeto de
lo que hago, por lo
que esto lo llevo
muy adentro. Para
mí es algo
que siempre he tenido
incorporado. Para
mí era natural
pertenecer a un territorio
tarapaqueño
e investigar como
en el patio de mi
casa. La arqueología
era tan visible, uno
salía a jugar
y se encontraba con
cementerios indígenas
gigantescos, nadie
se preocupaba de estas
cosas. Jugábamos
alrededor de nuestros
pueblos y encontrábamos
ruinas, cerámicas,
textiles y, por supuesto,
había una necesidad
de preguntarse sobre
ello”.
Estando aún
en el liceo, cuenta
que junto a unos amigos
encontraron sitios
arqueológicos
en la costa sur de
Iquique y no sabían
a quién pedirle
información
sobre el hallazgo.
Finalmente recurrieron
al boticario danés
Anker Nielsen, que
poseía una
colección de
piezas prehispánicas.
“Nos preguntó
qué hacíamos
ahí, y por
qué no estábamos
jugando fútbol”.
Así relata
su natural encuentro
con esta ciencia,
que definiría
su destino para siempre.
“Entre los diez
y quince años
de edad uno queda
marcado por ciertos
juicios -afirma- y
eso fue lo que me
ocurrió con
las cosas que escuché
de los aficionados
a la arqueología,
que fueron las primeras
personas de las que
aprendí. Y
ahora no puedo imaginarme
mi vida sin arqueología.
Además de que
mi padre, de puro
anarquista, para no
ponerme un nombre
tradicional, sin ninguna
otra intención,
me puso Lautaro y
eso me predispuso
a interesarme por
el mundo indígena.
De partida, tenía
que saber quién
era Lautaro, porque
siempre me lo preguntaban.
Me enrolé en
la causa indígena
desde muy niño”. |