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El paisaje del
Valle del Elqui,
el estrecho contacto
con la naturaleza,
así como
las personas que
la rodearon, desde
sus primeros años
son elementos fundamentales
e inseparables en
la obra de la poetisa
Gabriela Mistral,
que se reflejan
en sus versos y
frases. La pluma
y el interés
por aprender y enseñar
la poetisa los hereda
en gran parte de
su padre Juan Jerónimo
Godoy, quien abandonaría
a la familia siendo
ella una niña.
Él era un
profesor de gran
cultura, con formación
en latín,
griego, filosofía,
literatura y teología,
y que además
escribía
poesía.
Su madre, Petronila
Alcayaga, modista
y bordadora, es
quien le canta las
canciones de cuna
que ocuparán
un sitial muy importante
en su futura poesía.
De ello dan cuenta
versos como los
consignados en su
libro Ternura: "Porque
duermas, hijo mío,
/ el ocaso no arde
más:/ no
hay más brillo
que el rocío,
/ más blancura
que mi faz. // Porque
duermas, hijo mío,
/ el camino enmudeció:
/ nadie gime sino
el río; /
nada existe sino
yo".
Es también
ella la persona
fundamental en su
infancia y quien
instalará
en el centro de
su creación
y pensamiento la
figura de la madre,
realzada por contraste
con el padre, generalmente
ausente. Así
se refleja en su
composición
en prosa Evocación
a la madre: "y
a la par que mecías,
me ibas cantando
(...). En esas canciones
tú me nombrabas
las cosas de la
tierra: los cerros,
los frutos, los
pueblos, las bestiecitas
del campo, como
para domiciliar
a tu hija en el
mundo".
Su hermana Emelina,
varios años
mayor que ella,
hija de un primer
matrimonio de su
madre, es profesora,
y quien le enseña
a leer mucho antes
de entrar a la escuela.
A ella, la poetisa
rinde tributo en
su poema La maestra
rural: "La
Maestra era pobre.
Su reino no es humano.
/ (Así en
el doloroso sembrador
de Israel). / Vestía
sayas pardas, no
enjoyaba su mano
/ ¡y era todo
su espíritu
un inmenso joyel!".
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